SOBRE LA NAVIDAD Y OTROS CUENTOS

 

Hoy es Yule, 21 de diciembre, un Sabbat menor en el Oficio. En el solsticio invernal (los sabbats mayores no coinciden con ciclos estacionales), los dos temas divinos del ciclo anual coinciden incluso más determinantemente que en el solsticio estival.
Yule, que según Beda el Venerable, viene del escandinavo Iul, que significa “rueda”, señala la muerte y el renacimiento del Dios Sol, así como la expulsión del Dios del Acebo, dios del año menguante, por el Dios del Roble, dios del año creciente.
La Diosa, que en el solsticio estival mostraba su aspecto del muerte-en-la-vida, ahora lo hace de vida-en-la-muerte, pues aunque en esta estación es la “Dama blanca-leprosa”, la Reina de la fría oscuridad, será el periodo en que tenga al Hijo prometido, el Hijo-Amante que volverá para fertilizarla trayendo de nuevo la luz y el calor a su reino.
La historia de la Navidad por tanto, es la versión cristiana del tema del renacimiento del sol, pues cristo es el Dios Sol de la era Piscis. El día del nacimiento de Jesús no aparece en los evangelios y hasta el año 273 la Iglesia no dió el paso, de gran trascendencia simbólica, de fijarlo oficialmente en el Solsticio hiemal adecuándolo así con los otros dioses solares, como el persa Mitra, también nacido en el solsticio invernal.
Como explicó un siglo más tarde San Juan Crisóstomo, arzobispo de Constantinopla, con loable franqueza, la natividad del “Sol de la Rectitud”, se fijó en aquella fecha para que “mientras los paganos estaban ocupados con sus ritos profanos, los cristianos pudiesen celebrar los suyos sagrados sin ser molestados”.
“Pagano” o “Sagrado” dependen del punto de vista, puesto que, básicamente, ambos celebraban lo mismo, el tránsito del ciclo anual de las tinieblas a la luz. San Agustín reconoció el significado de la festividad solar cuando urgió a los cristianos a celebrarla en honor de aquel que creó el sol, más que por el sol mismo. Pero hay que reconocer, que los cristianos nunca se han caracterizado precisamente por entender y comprender aquello en lo que creen, más bien se dedican a llevar a cabo rituales o tradiciones sin la más mínima comprensión de aquello que celebran…, lo que realmente les debilita su poder.
Seguimos. En Belén, María es, por tanto, la Diosa en su aspecto de vida-en-la-muerte. San Jerónimo, el más grande de los eruditos entre los padres de la iglesia, que vivió en Belén desde el año 386 hasta su muerte en 420, nos cuenta que allí existía una arboleda dedicada a Adonis (Tamuz). Ahora bien, Tamuz, amante de la diosa Istar, era en aquella parte del mundo el modelo supremo del dios que muere y resucita, un dios, como casi todos los de este tipo, de la vegetación y del cereal, y Jesucristo se apoderó de este aspecto y del que lo relacionaba con el sol, como sugiere el sacramento de la eucaristía. Como señala Frazer en la Rama dorada, p. 455, es significativo que el nombre de Belén signifique “La casa de Pan” (Dios Pan).
A nadie le sorprende que para ser una religión viable, el cristianismo se viera obligado a readmitir a la Reina del Cielo en algo así como su verdadero rango, como una mitología y una devoción popular que sobrepasaban con mucho (a veces, incluso hasta en conflicto con ella) los datos bíblicos sobre María. Hubo que darle ese rango porque ella respondía a lo que Geoffrey Ashe llama “un anhelo en forma de Diosa”, un anhelo de cuatro siglos de total chauvinismo masculino cristiano, tanto a nivel humano como divino, habían hecho intolerable . Aunque yo creo que es preciso hacer hincapié en que el chauvinismo masculino de la Iglesia no lo inauguró Jesucristo, que trató a las mujeres como auténticos seres humanos en todas sus facetas, sino el odio al sexo y la patológica misoginia de San Pablo, que perdura en la Iglesia actual relegando a la mujer a cuatro únicos roles, la virgen, la santa, la madre y la puta.
La virtual deificación de María (recordemos que sigue siendo de segunda…, no se puede idolatrar, sólo venerar), aconteció con pasmosa brusquedad, iniciada por el Concilio de Éfeso en el año 431 “entre un gran regocijo popular, debido, sin duda, a la influencia que el culto a la virgen Artemisa todavía había en la ciudad” (podéis leerlo en la Enciclopedia Británica, artículo sobre Éfeso).
Significativamente, coincidió con la decidida supresión del culto a Isis que se había extendido por todo el mundo conocido. A partir de entonces, los teólogos se esforzaron por controlar a María, permitiendo su hyperdulia (superveneración, una versión acelerada, pero sólo con ella, de la dulia, veneración, tributada a los santos), pero no su latria (la adoración, que era monopolio del dios masculino). ésto es algo, que tristemente, pocos de aquellos que se autodenominan cristianos conocen, pero la realidad es que aunque la mayoría de sus seguidores se conviertan en herejes al idolatrar a una figura que sólo deben venerar, la consecuencia de esto va más allá. Crea una jerarquización subsconciente en los seres, dónde la mujer, nunca podrá alcanzar el papel del varón, que está siempre por encima de ella, hasta cuando se tratan de dioses, esta es la base de la misoginia católica actual.
Con el paso de los siglos, se logró crear una síntesis oficial de la Reina del Cielo con la que llevaron a acabo la notable hazaña doble de deshumanizar a María y privar de sus implicaciones sexuales a la Diosa. A pesar de todo, no pudieron encubrir su poder, y es a ella a quién el creyente cristiano común, sin tener ni idea acerca de la distinción entre hyperdulia y latria, se dirige “ahora y en la hora de nuestra muerte”.
El protestantismo enfiló el camino contrario y trató una vez más de desterrar completamente a la Diosa, aunque lo único que consiguió fue despojarla de una magia que el catolicismo, aunque de manera distorsionada y con consecuencias catastróficas, retuvo, pues la Diosa no puede ser desterrada. Si algun@ se anima a leer sobre el tema mariano, os recomiendo The Virgin, de Ashe, y Alone of all her sex, de Marina Walker.
Con demasiada frecuencia, desde luego, el armonioso equilibrio entre la oscuridad y la luz, entre el necesario crecimiento y la declinación, han sido distorsionados confundiéndolos en una idea del bien contra el mal. Las campanas de la iglesia de Dewsbury, en Yorkshire, han repicado durante casi siete siglos “The Devil´s Knell” o “the Old Lad´s Passing” durante la última hora del Día de Nochebuena, advirtiendo al Príncipe del Mal que el Príncipe de la Paz viene para acabar con él. Después, a partir de medianoche, repican la bienvenida al Recién Nacido. Una digna costumbre, por lo que se ve, a pesar de que realmente consagra una triste degradación del rey del acebo.
Por muy extraño que parezca, el popular nombre de “Viejo Nick” para designar al diablo refleja la misma degradación. Nick fue otro de los nombres de Odín, que es un personaje del rey del acebo, como Santa Claus, por otro nombre San Nicolás (que en el antiguo folclore no conducía renos por el cielo sino un caballo blanco como Odín). Así, Nick, dios del año menguante, acabó cristianizándose a la fuerza en dos formas: como Satán y como el más festivo de los santos. La Danza de Bromley Horn que se celebra en Abbot (actualmente en septiembre, aunque antiguamente era un rito navideño) se basa en la iglesia parroquial de San Nicolás, lo que sugiere una continuidad directa con los días en que el patrón de la localidad no era San Nicolás sino Nick. Si queréis leer sobre el tema de Nick y San Nicolás, os recomiendo An ABC of Witchcraft, de Doreen Valiente.
A colación de esto, en Italia el lugar de Santa Claus lo ocupa una bruja, y una dama bruja además. Se llama Befana (epifanía), y vuela sobre su escoba la víspera del día de Reyes llevando regalos a los niños que echa por la chimenea.
Y podría seguir poniendo ejemplo de versiones persistentes del tema del rey del roble/rey del acebo en el solsticio de invierno como el ritual de la caza y muerte del reyezuelo, en la antigua Grecia, en Roma, en las Islas Británicas actuales, en Irlanda.
El renacimiento del solsticio de invierno y la participación en él de la Diosa fueron retratados en el antiguo Egipto por un ritual en el que Isis daba siete vueltas al santuario de Osiris para expresar su dolor y sus vagabundeos en búsqueda de los pedazos cercenados de su cuerpo. En texto de su canto fúnebre por Osiris, en el que su hermana Neftis (que de alguna manera es su propio aspecto oscuro) se une a ella, puede encontrarse en dos versiones algo diferentes en La Rama Dorada, y en Womans Mysteries de Esther Harding. Para lograr el renacimiento de Osiris las sacudidas del sistro de Isis desterraron a Typhon o Set, el hermano/enemigo que la mató. La misma Isis aparece representada por la imagen de una vaca con el disco del sol entre sus cuernos. Durante el festival, la gente decoraba el exterior de sus casas con lámparas de aceite que ardían toda la noche. A medianoche, los sacerdotes salían de un santuario interior gritando “la virgen ha parido!!, la luz crece!!!!”, y mostraban la imagen de un niño a los adoradores. El enterramiento final del fallecido Osiris era el 21 de diciembre, tras un largo ritual de momificación, que comenzaba, curiosamente, el 3 de noviembre, virtualmente en Samhain, y el 23 de diciembre su hermana/esposa Isis pare a su hijo/alter ego Horus. Osiris y Horus representan al mismo tiempo los aspectos del dios solar y de la vegetación. Horus es a la vez el renacimiento del sol, los griegos lo identificaron con Apolo), y el “señor de las cosechas”. Otro nombre de Horus, “Toro de vuestra madre”, nos recuerda que el dios-niño de la diosa es, en otro momento del ciclo, su amante y quién la fecunda, padre en su momento de su propio ser renacido.
Que nuestros cuerpos se vistan de blanco para invitar a la Diosa a que nos traiga al niño prometido, el renacimiento del Dios Sol. Feliz Yule a tod@s. No hagáis nada que no comprendáis, no entreguéis vuestra energía en rituales que no comprendáis, ni que sepáis qué celebran. La fé no entiende, es ciega, borreguil y esclavizadora. El creyente, sabe y cree, porque lo ha sentido. Antes de celebrar nada, reflexionad sobre lo que estáis celebrando. Muy buena semana a tod@s.

 

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